Personajes sí, pero no del pueblo

Salís a la calle y te encontrás con La Ceja del Tambo, ¡pueblo hermoso, para qué! Si caminás un poco, sobre todo hacia el parque, fijo te topás con él. Huele maluco (eso creés, pero no tenés idea porque te aguantás la respiración), está sucio, es feo. Vos pensás que por ser Navidad es bueno darle algo. Él te dice, así como entre dientes: ‘No, hágale, puede que usted los necesite más’. Y te devuelve los dos mil. Vos quedás perplejo. ‘Ese qué se cree’, pensás. No sabés, por ejemplo, que por esos días ha estado nostálgico, que se acercó a una de sus vecinas a preguntar dónde estaba su hermano; ni te imaginás que le había dicho a la señora, con la voz cortada del todo, que era que el pequeño hombre le hacía mucha falta. Lo que sí sabés es que el enano también era uno de los llamados personajes del pueblo. Recordás que un día él mismo te dijo, mientras te embolaba, que hacía muchos años lo habían vendido a un circo pero que se les había volado a sus dueños, y que luego otra gente lo había contratado para una película pero, por desjuiciado, no siguieron el proyecto con él.

Foto: Wilson Rojas. “Rogelio”

En medio de la piedra que tenés por el desplante, recordás a otros: al que venía desde Guamito, costal en la espalda, se metía al patio central de la escuela de San Cayetano o se plantaba en el atrio parroquial y empezaba a dar vueltacanelas y a persignarse y a mirar al cielo; o al otro, el pálido, el que tiene familia conocida y que muchas veces era morboseado hasta el cansancio por algunos de tus coterráneos; lo viste hace poco: está todo gordo y viejo pero tiene la misma mirada de niño perdido; o al de Payuco, el que no habla siquiera, el que en verdad hiede y asusta un poco si te lo encontrás de frente. Se te viene a la memoria el de los pitos y los perros, del que has dicho que es un político de tu confianza; no los has vuelto a ver y eso poco te importa, la verdad; y la loca aquella, la que iba a la misa carismática de los sábados en la Ciudadela de Jesús, a la que le daban ataques y comenzaba a hablar sola en una charla interminable con sus demonios. Son muchos, pensás. 

Seguís caminando. Volvés a caer en la cuenta de tu Ceja del Tambo y en lo bella que es, con sus calles tan parejas, tan bacanas. Eso sí, no ves ni media flor por ningún lado. ‘Todas están bajo los efectos de sus invernaderos’, deducís. Dos cuadras más adelante está ella. El sol acentúa la borracherra que la trae apenas caminando. Sabés que te saludó porque te arrojó la misma disritmia con la que te saluda cada que te la encontrás, pero no le entendés sus balbuceos. Ahí mismo le mentís: ‘tranquila que ya te tengo impresa la foto que nos tomamos juntos en el parque, ¡cuál de los dos más prendo ese día, mujer!’, te reís, se ríen los dos. La despachás con dos mil. Caés en la cuenta de que se te olvidó decirle algo por el cumpleaños en octubre; sabés la fecha porque ella te contó su historia a medias (incluido lo de la muerte de su muchacho)  esa vez que se tomaron un par de rones en la esquina de siempre. Pensás que está muy acabada pero que guarda el sentido de la exquisités para vestirse que muchas envidiarían. ‘Es que proviene de buena familia’, la tratás de entender.

Volvés a lo mismo. Ves a esa pobre anciana, ciega y orejona, enlutada totalmente y metida en un par de zapatos inmensos, siendo arrastrada por su hijo para cruzar la esquina de Camilito. Ves al hijo, el mismo que cada rato expone su gangrena y a veces, plenamente uniformado, está en un coro o una banda, no lo tenés claro. Por supuesto, no sabés bien porque no te importan. Es tu pueblo, son sus personajes, pero no tenés ni medio idea de quiénes son ellos o de qué tierra los parió; solo te quedás viendo sus máscaras, sus caricaturas, sus cuadros en el billar (hermosa antología de dibujos del maestro Oscar Cardona, de la que incluso tenés un cuadro), que finalmente es lo más atractivo. Dejás de regañarte porque pasan veloces por tu mente el travesti ese que fue candidato al Concejo y la otra loca que, contra todo, se casó un sábado por la tarde en la Basílica. Las dos muertas ya. Ahí sí detenés el caudal de recuerdos, ahí sí te ponés serio. Como vos le tenés mucho miedo a morirte (no a la Muerte), pensás en todos ellos, en sus gentes, en sus ausencias. Vano ejercicio porque finalmente nada de eso te importa o te importa fugazmente. Regresás a tu casa, a los tuyos, tus verdaderos personajes. Sos privilegiado porque sabés que ya hay algo de vos en ellos y que con eso le ganás el pulso a tu temida parca.

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