Mis ciclas

Foto: Juan Pablo Tobón

Hablando de deportes, por allá en la infancia, en la casa poco sabíamos de otra cosa que no fuera ciclismo. Si era temporada, doña Gabriela sagradamente combinaba la molida del maíz, la despachada de los muchachos para la escuela o unas costuras pendientes, con el relato de la Vuelta a Colombia o el Clásico. Todo porque Julio Arrastía Bricca o Héctor Urrego podían dedicar parte de su tiempo al aire a mencionar en la radio a Antonio El Tomate Agudelo, su sobrino donmatieño. ¡Cuál Nacional o Medellín o América! Nuestros referentes eran los equipos Varta, Freskola o hasta Teka, de España. Teníamos en la médula la historia del Tomate cuando una vez le cedió la cicla a un pinchado Lucho Herrera o el momento del glorioso llanto de mi mamá el día en que nuestro primo se coronó una etapa en la Vuelta a España. Por eso, más cicla que balón en la casa.

Tuve dos bicicletas del alma. Eternacleta fue la primera. Hechiza del todo, cuadro de cross azul rey con manubrio negro de monareta, contra pedal. Que llegara a mis manos fue un generosísimo acto de Jorge Omar (¡cuánta gratitud!). En Eterna iba al colegio, daba la vuelta a Llanogrande con los amigos, llegaba con ellos a la finca de Rafa a jugar con Bubba, el cojín de la brusquedad, y a tragarnos enterito el sábado, reflejo perfecto de nuestra deliciosa falta de oficio. A otro hermano le raparon a Eterna. Esa vez, mi cicla no tuvo el tino de plantarse como lo hizo cuando la olvidé en Salesianos, en el kiosko de abajo, y allí estaba el lunes, fiel, madrugadora, esperándome.

La otra fue Berenice (VeryNice, a veces, ¡yo era profesor en un colegio bilingüe!). Soy impreciso cuando digo que era mía. Berenice fue otra concesión familiar que, tal como suena, desapareció, fue abducida de un bicecletero público en solo 30 segundos de descuido. Está en el alma precisamente debido a la época en la que dispuse de ella. La asocio con Laura, con Laura, con Ana y todo lo maravilloso de Funorie, ese gran proyecto, esa ave imperial cuyas alas se desplumaron demasiado rápido.

En cicla la vida va distinto. Ahora debo admitir que no soy nada bueno comprándolas pero sí estableciendo un vínculo con ellas. De ruana negra, usé también, para ir a trabajar al nocturno, una paletera destartalada que llegó no sé como a la casa: ¡me faltaba el pito! Recuerdo que mi papá tuvo una cachona roja en la que iba a trabajar al aserrío de Maderos. ¡Cuantos esfuerzos míos para meterme a través del marco y contorsionarme en pro de avanzar un poco! 

En fin, humildes o sofisticadas (he visto unas que tienen llantas anchas como de moto, otras motorizadas), sea una paletera o la exclusiva Butterfly Trek Madone que se subastó por medio millón de dólares*, nuestras ciclas terminan siendo una de las prendas más valiosas, con las que más empatizamos, de las que más revuelven la memoria. Ahora escribo nuestras y recuerdo, lleno de vergüenza, que todavía le debo VeryNice a mi hermano Pablo.

* Fuente: http://www.bornrich.com/world-s-most-expensive-bicycles-for-eco-luxurious-ride.html