La historia ignorada del Tambo antiguo de La Ceja

Los inicios del poblamiento en el centro de Antioquia se remontan a 10.000 años en el pasado. La transformación cultural y la migración hacia las zonas de la Altillanura, debió producirse entre los años 4870 y 3719 antes del presente, periodos en los que ya estos antiguos pobladores, desarrollaban huertas elevadas y campos de cultivo, usaban la piedra para revestir  paredes y poseían un trabajo alfarero mucho más refinado y especializado. La agricultura itinerante de estos pueblos semisedentarios, también se desarrollaría hasta disponer de acequias en los campos de cultivo, reservorios para el riego estacional de las unidades domésticas y campos agrícolas rodeados de piedra, generando con ello sistemas complejos de irrigación y drenaje para el manejo de las aguas de escorrentía. Fue así como esta civilización, que además poseía notables desarrollos tecnológicos, alfarero, textil, orfebre, agrícola y de artesanías, prosperaron mediante una agricultura de sitio y el abonamiento con material orgánico de montes y rastrojos silvestres.

En los escritos de los cronistas de la expedición española que en 1541 exploraría de sur a norte el centro del territorio de Antioquia, hacen referencia a la existencia de pueblos antiguos destruidos, de caminos en peña tajada más anchos que los del Cuzco (Sardella, 1541; pág. 290), antiguas construcciones en piedra destruidas y acequias hechas a mano. Los tres cronistas usan la palabra “antiguo” para referirse a aquellos vestigios, lo que evidencia que dicha civilización había desaparecido ya en 1541 durante la irrupción española, lo que ha llevado a considerar que en algún momento en el periodo de la historia de Antioquia, existieron unos pueblos que compartían una misma cultura, la cual abarcaba un vasto espacio geográfico vital y donde emplearían la piedra como una manifestación cultural común para diversos fines en las construcciones civiles y religosas. En la vereda El Tambo del municipio de La Ceja, las rocas a lo largo de las quebradas que afloran en los escarpes hacia los lados de Altopelado por donde nace La Pereira y la planicie donde se erige el casco urbano de la población, facilitaron las labores de estos primeros pobladores del municipio para construir estructuras en piedra como caminos, muros, canalización de quebradas y  terracetas agrícolas. Este tipo de construcciones también han sido reportadas en otras zonas del altiplano, como en Guarne, en el Valle de Aburrá en la parte sur del ancón norte, y en Ituango, Amagá y Jericó en el occidente del departamento.

En el periodo de piedra de estos pueblos, los muertos continuaban perteneciendo a la familia con la cual vivieron y se enterraban bajo el piso de las casas o en sus alrededores, eran de la casa y de la tierra con la que siempre habían mantenido un contacto como agricultores, así pensamos regresaban a la deidad Tierra, nunca lo sabremos. Sus tumbas eran simples en su estructura y las cenizas de los muertos se sembraban en la tierra como la hojarasca que usaban en sus cultivos, luego se depositaban en una urna de alta calidad estética, generalmente en forma de mujer en posición de parir, evocando el regreso al vientre materno desde donde también pensamos, retornarían de nuevo a la vida. Para estos primeros pobladores del Tambo de La Ceja, la muerte era un regreso a la naturaleza, donde sus cenizas iban a la tierra y renacían en la vegetación de sus cultivos, la espiritualidad se manifestaba en diversos ámbitos de la vida, como las labores orfebre y alfarero y la consideraban como un retorno a la naturaleza, a la que también le hacían homenaje con trabajos y artesanías excelsas. 

Luego, estas comunidades de piedra se tornarían en comunidades minero-comerciales, la muerte pasó a considerarse como una vida inmaterial y dejaron de retener sus difuntos en sus casas, pues los muertos son seres viajeros y desde allí el muerto viajaba a otros mundos ignotos. Fue así como pasaron a dotar sus sepulturas en cerros y cimas de montañas elevadas, cercanas al cielo, desde donde se podía trascender y conseguir las visuales de sus viajes a estos nuevos mundos. Tal como lo hace la iglesia católica en Antioquia con sus símbolos y santos que aprovecha los cerros y sitios altos para establecerlos, transformando los “Altos de las Sepulturas”, en los Altos de las Cruces, Alto de Cristo Rey o del Corcovado aunque por motivos diferentes. Además se les rodeaba de los enseres necesarios y se les esculpía una nueva casa, una tumba-vivienda en lo alto de los cerros y cordilleras, donde se creía continuarían su existencia en el mundo del Baloma, de las almas. 

Recorrer de nuevo estas huellas borradas y olvidadas que dejaron los antiguos pobladores del Tambo de La Ceja y contemplar la población desde sus cimas más altas, cambia las sensaciones comunes que experimentamos como seres humanos cuando nos encontramos en comunión con nuestros territorios, estas otras sensaciones son quizá ese despertar atávico hacía los horizontes más profundos de nuestro pasado y de nuestra memoria como especie al ocupar el planeta y las acompaña siempre algo de nostalgia, de sorpresa, de estupor y de miedo, pero también algo de gozo y de felicidad.