La cuestión es política

En este breve artículo encontrará usted la palabra política, pero no se aleje; por favor, no deje de leer. De pronto hasta nos ponemos de acuerdo. Posiblemente sea usted de las personas que creen que la política solamente está relacionada con los políticos y con las elecciones. O sea de las personas que tienen una aversión natural a las cuestiones que se relacionan con este asunto. O sea usted de los que prefieren que otros se ocupen de ellas. Lo que pasa es que, en términos generales, los ciudadanos tenemos una percepción desfavorable del quehacer político, debida quizás a las malas experiencias, al desorden social o a un irrefrenable debilitamiento de las instituciones que nos gobiernan. 

No debería ser así porque lo político va más allá. Toda acción que implique al otro, toda acción social, es política. Muy seguramente usted sabe que la concepción política es de vieja data y que los griegos, padres de casi todo el mundo occidental, la asociaban con la polis o ciudad, que es donde estamos los unos con los otros para la vida cotidiana. Y todo lo que afecta a la ciudad afecta al ciudadano; es decir, todo aquello que lo afecta a usted es político. Este es el punto: somos políticos por naturaleza, por efectos de la convivencia.

En su definición más simple, la política corresponde a la tenencia y uso del poder. Usted lo sabe porque lo ha vivido. Se encuentran políticos por todos lados y a toda hora, personas que desean que usted y otros ciudadanos, con los mecanismos entregados por la democracia, las autoricen a ser sus autoridades de turno. Hermosa noción. Pero tener el poder, ser autoridad, no es suficiente para entender el término política y su sentido más profundo y útil, si se quiere. Aristóteles, un genio del pensamiento, describió la política como la búsqueda del bien común. En nuestros tiempos, cuando los asuntos éticos van perdiendo tribuna, una idea de política que piensa en el otro es absolutamente necesaria.

Pongámonos a pensar, por ejemplo, en la corporación conciliar y sus aspirantes, y en las motivaciones que tienen para alcanzar el poder y la autoridad que les concedemos los ciudadanos al elegirlos como nuestros concejales. Habrá quienes se motivan por la altruista idea de enrutar a la comunidad por el camino del progreso, habrá quienes tienen la mera y cuestionable voluntad de obtener unos honorarios o un reconocimiento social; habrá algunos en puntos intermedios. A usted cualquiera de estas razones lo afectan porque apoyar una u otra implica su modo de ver y sentir la política.

Sin duda, lo más difícil es pensar en el bien de todos, pero es lo que debería primar. Un amigo candidato para el Concejo me dio una noción coloquial de la muchedumbre que aspira a ser elegida en octubre. Me dijo: “hay gente hasta de cuatro manos”, por decirme que hay personas de todo tipo. Con certeza, algunas muy preparadas, pero también algunas con poca o ninguna idoneidad. Si bien es cierto que la Constitución permite que prácticamente cualquier ciudadano aspire al Concejo de un municipio, no cualquier ciudadano puede ser concejal. Esto porque es evidente que no todos tienen la misma facilidad para elaborar una idea y sustentarla, para profundizar sobre los problemas y plantear soluciones eficaces, para escuchar al otro, para proponer y luchar por sus propósitos, para el trabajo en equipo, la lectura y el conocimiento de la ley, para rechazar ventajas particulares que restan ventajas a la mayoría, para la ética y el derecho… Quizás estas y otras muchas más sean las condiciones de una autoridad que piensa en todos, y que encuentra así el rumbo de su realización como ser individual y como ser político. Por eso, el 30 de octubre, usted puede demostrar si su política se entiende como el obtención del poder solamente, o como la entrega del poder para el bien de la comunidad.