La Ceiba

Foto: Juan Pablo Tobón. La Ceiba, La Ceja.

Escucho La Ceiba en La Ceja y todavía me cuesta asociar ese nombre con el enorme árbol así conocido. Siempre pienso primero en el negocio que está sembrado ahí junto a la alcaldía, el mismo que me planta una piedra inmensa en la memoria, santuario del billar adonde muchas veces voy a salvar la única vejiga que me queda.

De niño, por allá finalizando la primaria, iba dos o tres veces por semana. En contra de la voluntad de mi papá, entraba a pedirle plata para una cartulina, un papel globo, un colbón, cualquier vaina de esas con las que uno embolataba la creatividad haciendo pendejaditas en la escuela. Era mi deshidratada fuente de ingresos. A él no le importaba el sobrecosto que yo le ponía a los utensilios. Él lo único que quería era que no lo molestara cuando estaba tacando. Nunca vi más niños y sí pocas mujeres. Era una parcela para hombres. Olía a cebada, a sudor, a cansancio; me dicen que mi papá, como el profesor Julio Martín, jugaba mucho. Entiendo muy poquito de eso. Allá leí por primera vez que estaba prohibido tacar massé. La voz de mi papá me raspó la inteligencia cuando me contestó que es que no faltaba el hijuetantas que rompiera el paño, que no preguntara bobadas, que me dedicara a estudiar y que si yo había tomado alguna vez brandy con leche. “Ve, servile uno al muchachito, pero que nadie se dé cuenta”. Ese día nos unió para siempre la copa caliente que sabía a roble. La cantaleta de doña Gabriela duró hasta después del rosario. Fueron los misterios de un martes, dolorosos.

Hoy por hoy, de vez en cuando, me tomo en la sombra de La Ceiba un aguardiente grande, sabroso. Como mi papá, pienso que me sirve para la gastritis. Además sé que me maquilla gestos seguramente más afables. En medio del caramboleo, escucho que alguien levanta la voz: va Medina. Giro y entonces puedo ver con claridad a ese negro grande y hermoso, de ojos de miel clara, chicaneando desde la eternidad, no a tres, ¡a cuatro bandas!