Donde Nevio

Foto: Juan Pablo Tobón. Los Alpes, La Ceja

Vení tomémonos un tintico, allí donde Nevio. Si esa esquina conversara, sería un testigo excepcional del alma de este pueblo y se uniría a las charlas tan inacabables, tan naturales, tan sobrias, de quienes allí nos estacionamos. No son pocas las tardes que en ese lugar entrañable se derriten por el inefable sol de Los tres pinitos y el calor de las historias de este, los negocios de aquel o los relatos de la televisión colombiana, siempre imposibles de creer. De esto, literalmente, Nevio tiene el control. Él sabe los ritmos de la clientela y cuándo la debe dejar hablar. Me tocó la transición de un televisor cajón a la televisión plana. También vi cómo fueron cambiando las láminas de la pared, enmarcadas con las viejas jornadas de Los Alpes, por unas muy lustrosas, que en su momento nos lanzaron a Nevio y a mí al sabroso juego de la megalomanía, un chiste largo y divertido que, como cliente, no puedo dejar de disfrutar.

Recién puestos comenté sobre los cuadros, reproducciones de fincas europeas, mansiones inabarcables, paraísos rebosantes de color con pastizales hasta el horizonte y varias cabezas de hereford o angus, no sé. “Las tierritas mías”, me dijo Nevio, desestimándolas, como si fueran cualquier chichigua. Me dio tanta gracia la seriedad de su afirmación que hasta hoy la celebro. Al episodio se suma que cada vez que llego adonde Nevio, me pregunta cómo me fue en La Habana, o si sí puede atender al embajador o al ministro, o sobre qué vamos a hacer con el caso de Dilma Rousseff. Fácilmente me dice que acaba de llegar de Turquía resolviendo lo del intento de golpe de estado o que tiene que salir por la mañana temprano para Ciudad Juárez porque hay allá un compromiso ineludible con los duelos de la música popular. ¡Quién duda sobre lo actualizado que se mantiene! Será por eso que Barac lo llama tanto y Hugo Rafael solo lo dejó consultarlo a principios de marzo de 2013.

Con los años, estar donde Nevio se ha convertido en una experiencia necesaria para aquellos que ven latir el corazón cultural de La Ceja. Un tinto o un ron o una cerveza nunca están de más. El lugar es privilegiado porque cuenta con la vista excepcional de un par de arterias, cuya circulación no cesa hasta muy entrada la noche. Para aquellos a los que nos gusta ver pasar gente, no hay mejor balcón.  Pero el encantamiento no es solo con los que transitan y les dan vida a la 19 y la 22. Como punto de encuentro, a Los Alpes llegan los amigos, los parientes, los amores de siempre. Ahora, imágenes de una tarde entera de sábado en compañía de mi compadre resolviendo el mundo, de unas cervecitas con el hermano que falta por reconocer o de unos tintos bautizados y compartidos con Laura… Sin duda, así Chavela no tenga allí mucha cancha, uno vuelve siempre a los mismos sitios donde amó la vida.

Y volveré, no solo porque Nevio o Amparo o sus muchachos (ambos, recordados exalumnos) me van a recibir con cordialidad y dedicación o porque el Teatro Municipal se está moviendo mucho o porque a veces uno está encartado con cuatro o cinco horas de la existencia y no sabe qué hacer con ellas y en Los Alpes lo puede resolver. No solo por eso. Volveré porque no quiero perderme la oportunidad de que José Nevio prosiga con nuestra broma y, como lo hizo en junio de 2009, se lamente por Jeison Maicol y me pregunte si vamos a ir a sus funerales. ¿Quién lo sabe? Todavía quedan muchos famosos y algo les puede pasar. ¡Salud para Nevio y salud por Los Alpes!

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