San Agustín, San Pacho y el Negrito de Ladrilleros.

Finalista del IX concurso de cuento La Cueva, 2020.

Sin darse cuenta del sofoco que le produce la tamaña capota que lo cubre, a pleno mediodía sin lluvia en Ladrilleros, va caminando en chanclas de suela de llanta el Doctor de la iglesia San Agustín de Hipona. Se lo nota muy preocupado, embelesado en un papelito grueso al que ha venido rayando sin ningún oficio con un lápiz amarillo de esos chinos a los que la punta se les cae solita, como si fuera el pago por los pecados de los niños que no van al catecismo. Gracias a Dios a los santos no les pasan las cosas que a los pecadores… Por ratos se para a mirar con mayor insistencia el papelito, cierra los ojos con fuerza, como mirando hacia adentro, y por la cólera del rostro pareciera que solo le faltara lanzar alguna palabrota. En vez de eso hunde con rabia el pie izquierdo sobre la arena y dice alguna bendición en latín.

Hace ya algunos minutos hay un niño mirándolo desde un cocotero viejo que ha sobrevivido al peinado que le hicieron al morro donde creció. El negrito vigila al santo con una risa de silencio marrullero, tan prolongada y desentendida, que pareciera dirigida por el propio Passolini. San Agustín no se ha dado cuenta, de pura gracia divina, porque es sabida su irascibilidad y temida con mofa su costumbre de tirarle palos y conchas quebradas a los negritos que se quedan mirándolo boquiabiertos, pensando en el calor o en el peso que le debe dar al santo con su sotana gruesa, que pareciera de gamusa o de cuero, pero que con la lluvia se empapa como una esponja, convirtiendo la imagen de este Santo, símbolo de la conversión, en la de una cobija escurriéndose en el alambre…

A lo lejos, por el costado cerrado de la playa, viene San Franciso de Asís, San Pacho, jugando a la pelota en una desvergüenza de piernas blancas y velludas que quedan al descubierto de cuenta del arreglo que ha ingeniado con el cinto. La sotana color barranco se levanta hasta las rodillas, cual colegiala de Jumbo, para poder hacer las maniobras del fútbol que les ha aprendido a los niños que él educa sobre Dios, sobre la naturaleza, sobre aritmética y sobre las partes de la célula o lo que sea que corresponda en el periodo educativo.

San Pacho, devoto a su juego, totalmente acostumbrado a los tropiezos con los troncos de la playa, viene narrando con lujo de detalles las jugadas que realiza en las que intervienen futbolistas de la talla de Pelé, Platini, Garrincha, Zidane, Maradona, Valderrama, Beckenbauer, y todos esos doctores y padres de la iglesia del gol. Por momentos su rapidez de habla y su dicción milagrosa parecen inspiradas por San Anselmo de Inglaterra, patrono del freestyle, pero su rostro de niñez incorruptible y el pliegue caprichoso del capuchón, cerca al cuello, hacen olvidar del ardor que deben darle al popular hermano San Pacho los estigmas de las manos y los pies en contacto con el mar salado. “Sacrificios de los santos: no hay pa´l  pecao de tantos…”

Tambiénla nueva escena le produce la mayor simpatía al negrito fisgón del cocotero, que hacia San Pacho se muestra más expresivo, como amigable, y continúa en su risa gitana atento a cualquier movimiento de los santos. Falta ver si este no es uno de los petacones que se burlan de la calvicie de estadio del profe San Pacho cuando este entra a la escuela del caserío murmurando cosas para sí, mientras saluda o explica sus lecciones, entre pausas mordidas, hablándole también al hermano sol, a la hermana mesa o al hermano tablero. Puede tratarse precisamente de uno de los niños que hicieron parte del pesebre del diciembre pasado, y que le incendiaron la paja de espartillos de matorral el día antes de reyes. Sin embargo, el negrito permanece vigilante, a risa plena y abierta, desde el barranco, desapercibido por los santos.

San Agustín, que insiste con su lápiz y con su papel grueso, detiene su caminar y mira al cielo, como hablándole a Dios cara a cara. En lo que parecería un reclamo, y enseñándole el papelito, le pregunta el porqué de su abandono, organizando y seleccionando cuidadosamente sus palabras para no ir a caer ni en blasfemia, ni en problemas de derechos de autor, que en casos bíblicos son vigentes toda la eternidad.

San Pacho se acerca ruidosamente, también embelesado, aún narrando sus jugadas de crack consagrado, en un realismo tal que pareciera que el choque de las olas entonara himnos de ánimo al equipo. Está a punto de encarar, perfila su disparo, derechazo de trueno y ¡¡¡¡¡¡¡Gooooooooooooooolllllll!!!!!!!

Las cosas de Dios y su Sabiduría: estos fenómenos insulsos y banales de la existencia mortal se muestran en ocasiones como el mejor motivo para la conexión entre los preferidos del Cielo. Un balonazo potente, a punto del efecto de comba brasilero, pega de lleno en la blancura grave del rostro de San Agustín.  Momento propicio para que el uno se dé cuenta de la presencia del otro:

San Agustín, ciego de ira santa, o mejor, santificado en ira ciega, rojo de pómulos y cachetes, adolorido, aturdido, pero nunca desentendido, se muestra a punto de pronunciar la maldición del  cura, cuando reconoce, como diciendo ¿cuándo no?, al Santo humilde de Asís. ¿Quién más, sino San Pacho, iba a estar en esas fachas vergonzosas de diácono futbolista, acentuadas por las trenzas de cauchito que se habría dejado hacer en el escaso cabello, quién sabe por cuál muchacha del caserío? ¿Qué otro siervo de Dios se porta como un Muán, sin disciplina, y desperdiciando el tiempo sagrado de la oración, o el de la meditación en los misterios sagrados, por andarse detrás de una pelota? Ahora, como colmo, su propia meditación en el enigmático misterio de la Santísima Trinidad se ve interrumpida por las imprudencias de este santo descalzo, voto de toda pobreza y desfachatez.

San Pacho, como si fuera italiano, se acerca presto a atender al Santo Doctor con todo el cuidado que le permite la risa divertida que le ha invadido. No podría quejarse San Agustín de abandono o de desconsideración por parte de su colega, pero tampoco se asoman visos de ningún tipo de arrepentimiento entre la risa contenida, incontenible por ratos, del hermano de Asís. Por último, en un arrebato de ira sin pecado, haciendo nuevamente un pisotón en la arena, San Agustín grita hacia adentro algo con Domini y Benedictum, en un tono por el que uno pensaría que es el mayor insulto entre los santos. San Pacho, ahora dominando un poco su risa, responde otra cosa larga, con palabras como husque  y saecolum, pero en tono conciliador, o por lo menos eso quiera Dios… Ahora, con el testimonio de su cara hinchada, San Agustín, fecundoen gritos, le exige una explicación para tamaña grosería y para el reprochable comportamiento de un santo que como él goza de tanta admiración entre las gentes de esta región. San Pacho se disculpa como puede, intenta mencionar que hasta en el fútbol hay caminos a Dios, pero prefiere hablar de otras cosas, ya para no alimentar la discusión, ya para contener el enfado que amenaza con volver a brotar según el nuevo enrojecimiento de la cara del Docto Agustín.

A todas estas, desde el barranco de la cocotera, el negrito, que con los espejismos del calor parece transfigurado, no se ha aguantado los dolores de la risa y ha tenido que levantarse para relajar el estómago. Con mayor razón los santos no se percatan de su presencia, pues San Agustín, enriqueciendo los regaños, deja claro quién manda en términos de oratoria y conocimientos. Precisamente su cólera ha tomado un nuevo rumbo y ahora aprovecha para instruir en las verdades teológicas y los misterios de Dios al Santo Francisco, a quien él, con justicia a la historia, considera más joven, a pesar de la intemporalidad de la gracia divina. San Francisco, divertido o prudente, decide sentarse en la arena para recibir la cátedra harto erudita del de Hipona. No se creería, pero su atención y juicio se van convirtiendo cada vez con mayor convencimiento en un vivo interés, hasta que, en un arrebato de intrepidez, después de la mención del Misterio de la Trinidad y las dudosas conclusiones que San Agustín ha cosechado, no sin reconocer lo infructuoso de  sus reflexiones; se ve saltar a San Pacho, quien sin el menor decoro hunde sus dedos en los hombros del Doctor para que se siente a escuchar una historia. Cosa de no creer: como sospechando algo provechoso para el espíritu, San Agustín accede gustoso y se sienta tranquilo, mirando al Santo Pacho, acaso pensando en lo adecuado que resulta, pedagógicamente hablando, que el alumno intente construir y compartir conocimiento por sí solo, frente a su maestro y guía en la verdad… Desde el barranco, y a pesar de lo alejado, el niño también se sienta tranquilo y atento, como si escuchara o supiera leer los labios.

Y la historia de San Pacho es la tan conocida historia de un sabio teólogo que, precisamente en una playa, supongamos que mediterránea -se antoja más apropiada para meditar- reflexionaba y reflexionaba con pasión sobre los misterios divinos, especialmente sobre este misterio irresoluble de la Trinidad. Tamaña la coincidencia, dice San Pacho, que a él, a Clarita su hermana, y a cantidad de niños, muchachos,  seminaristas y frailes, se las enseñaron con la persona de San Agustín en calidad del filósofo meditabundo. Continúa relatando cómo un precioso niño, casi de porcelana, casi de aroma a ángeles, se acercó al sabio a preguntarle por lo que hacía. Ante el afán del sabio por hacerse entender, el niño tomó un cubo de madera que el sabio habría jurado no tenía el niño al iniciar la plática, se acercó al mar, lo llenó de agua, y vino a vaciarlo en un hoyo que había hecho en la arena con uno de sus preciosos dedos. El niño repitió su acción en una indescriptible paz y perfección hasta que el sabio, respetuosamente, le preguntó por lo que hacía. El niño, como en música, le contestó que estaba vaciando toda el agua del mar en el hoyo de la arena, a lo que el sabio, no sin una extraña vergüenza, quiso decirle que por Dios, que eso era imposible. Más imposible, dijo el niño, impasible, será que puedas descifrar los misterios de Dios.  San Agustín, más familiar y amigable que nunca, asegura que en la vida conoció tal historia, pero que debe reconocer que en la infinita sabiduría divina, la finita sabiduría popular es herramienta de bendición celestial que nos recuerda que en la humildad laboriosa está la clave para comprender o por lo menos disfrutar de la realidad de Dios.

Hechas estas reflexiones, casi salta el santo cuando a su lado escucha la risa del negrito que hace solo un minuto vigilaba desde la barranca. Diría cualquiera que el negrito se habría presentado como por arte de hechizo, o por milagro, de no haber sido porque el mismo San Pacho le picara el ojo durante su relato al verlo acercarse en el sigilo perfecto de la tranquilidad. El negrito, con el balón de San Pacho que recogió en su acercamiento, sigue riéndose y riéndose, dejando ver entre la bemba una perfecta dentadura de coral. No cabe en sí de una risa a la que San Pacho considera hermana generosa del hombre, pero que San Agustín, sin equivocarse, interpreta como una burla terrible a sus personas y santidades. Vuelve a decir algo en latín, que no ha de haber sido bueno por el gesto al que cambia San Pacho. El de Hipona le exige con regaños al remedo carisucio de San Martín de Porras,  calificativo de su autoría, que por favor se retire inmediatamente y no interrumpa las cuestiones de los santos. San Francisco, más amigo de la risa, le pide en la manera más suave posible a San Agustín que no olvide las palabras de Jesús acerca de los dueños del reino de los cielos, y que recuerde cómo el niño de la historia fue instrumento de sabiduría para el teólogo abrumado. San Agustín, contrariado, intenta replicar que no se puede comparar al precioso niño de la historia con el negrito aquí presente, y mucho menos interpretarla como verdadera, sino como parábola de la grandeza de los misterios de Dios. San Pacho, con un solo gesto directo a los ojos del Docto, le obliga a bajar la cabeza y en las palabras más sencillas que encuentra comparte con el niño todo lo relacionado con la conversación que han estado teniendo. San Agustín no cabe en sí del enojo, pero se aguanta las ocurrencias del Loco Franciscano ofreciendo este sacrificio al cielo y a las lágrimas derramadas por su madre Santa Mónica, causadas por su juventud desenfrenada. En un momento el niño, con sus palabras escasas, ufanándose de lo avispao y entendido que es, les pregunta por la razón de que les preocupen tanto los misterios de Dios, que qué es eso de la tal Trinidá, y que cuál es la gracia de la historia esa de vaciar el mar en un hueco de arena. San Agustín, a punto de enfurecerse por el atrevimiento del pelaíto este, es contenido por San Pacho, quien inmediatamente le explica al negrito, con dulzura y lo mejor que puede, todo lo que ha solicitado, bien sea que lo aproveche para adelantar temas del catecismo del sábado, bien como muestra de humildad ante Dios y ante el Santo Agustín.

Con tranquilidad descarada, diría San Agustín, el niño se levanta, le lanza el  balón a San Pacho y les hace saber sin ninguna vergüenza que para él definitivamente esas cuestiones que los acongojan no tienen ningún misterio ni ameritan tanta preocupación.  San Agustín, como el mejor karateka, se levanta en un santiamén envuelto en la rabia de la ofensa, pero San Pacho, igual que un veterano impide a un jugador joven irse a los golpes en una calentura contra el árbitro, lo detiene poniéndole la mano en el pecho, sin un solo atisbo de grosería, y le pide al niño, con respeto, que les cuente de dónde esas conclusiones tan cándidas, ingénuas… ¡¡¡e ignorantes!!!, termina con furia el Padre de la Iglesia.

El Niño, sin contener algunas risas, y a una distancia apropiada para correr como diablo por si llega a enojar a San Agustín, hace un círculo en la arena y comienza:

Mirá vos don San Gustín y don San Pacho, que la cosa es tan fácil como es, y que misterio no incuentro. Si usté nos enseñó en el Catecismo que Dios es onipotente, o sea que hace lo que le viene en gana porque puede hacer todo lo que le venga en gana, y que nada se lo impide, y que está en todas partes, entonces ¿qué misterio puede haber en nada? Si Superman hace lo que hace, mucho más Dios puede hacer lo que quiera hacer. Lo de la tal Trinidá muy fácil: vea este círculo, esta es mi casa, ahora me dibujo yo, y mi papá y mi perrita paloma. Mi papá siempre me ha dicho que somos una familia, él, paloma y yo, además de mi mamita que está en el cielo: personas distintas, una sola familia, como los equipos, como mi grupo de Jip – Jó, o como los lapiceros de nueve colores, que son nueve colores distintos y un solo y único lapicero. Pa´ acabar de ajustar estamos hablando de Dios, que puede dividirse como quiera, lo mismo y más fácil que en Dragon Ball Z ¿O es que ustedes no ven televisión, vé?. Lo último, lo del niño gringo, si es la bobada más grande de todas. Vea yo les muestro: uno llega con este dedo, o con el tuyo Don San Gustín, hacéle tranquilo: hacé un hueco ahí con tu dedo, y si esperás por ahí hasta las cinco el mar se va a venir solito, y se va a meter todito todito ahí, entero, de aquí a donde sea que llegue el mar: por allá donde los chinos y esa gente. ¡No me vayan a decir que ustedes son de los que todavía creen que el mar se acaba en un hueco con monstruos por allá! Hágale don San Gustín, espere ahí y verá cómo el mar se viene solo y no hay que traer ningún valde: es que no hay nada imposible, y mucho menos aquí que la marea es tan larga. ¿Oís?

San Agustín no aparta los ojos del círculo del negrito con los mamarrachos de adentro, y del hueco que en vez de él hizo San Pacho en la arena. Como para mermar los sinsabores o como para mejorar el sabor a sal que debe tener el pobre padre de la iglesia latina, San Pacho le tira el balón al niño y se adelanta en pared perfecta para que el niño le devuelva la pelota. Así, jugando, se alejan debajo del sol y se pierden en ese horizonte raro que deja la lejanía en una playa larga como estas.

San Agustín se aleja un poco, justo al pie del barranco del cocotero, y se queda toda la tarde mirando al mar, con mirada perdida, aturdido, deprimido, o hasta estresado, uno qué sabe. El caso es que su rostro pareciera no salir de una inmovilidad contemplativa, muy distinta eso sí a las arrugas de la meditación. Cayendo la tarde, con el mar mucho más cerca, reconoce que éste ya ha borrado los dibujos del negrito y que ha hundido bajo la capa de agua el hoyo que hiciera San Pacho. De pronto, como saliendo de un estertor, mira al cielo, empuña con fortaleza el papelito grueso, lo lanza al aire e improvisa entre la sotana una soberbia patada de fútbol para impactar el papelito. Acaso por la falta de práctica, o por lo oxidado de sus piernas filosóficas, no alcanza a impactar el papelito, y en vez de eso toda su santidad cae de espaldas y es recibida en la blandura de la arena, por voluntad de Dios que cuida mucho a sus santos. A pesar de estar un poco asfixiado, así, tirado, humillado, se alcanza a reconocer en sus labios el dibujo de una expresión muy parecida a una sonrisa.

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