Las Mil y Una Noches en Cuarentena

Dicen que, durante mil y una noches, Shehrazada le cuenta historias a su esposo, el sultán, con el fin de salvarse de la muerte. La primera noche, su inspiración le sorprende con un cuento maravilloso. Así, noche tras noche, ella abre el libro sagrado de la imaginación y encuentra en él narraciones llenas de aventuras y momentos fantásticos que despiertan su curiosidad. Finalmente, gracias a estos cuentos provenientes de su alma, que está unida al alma del mundo, Shehrazada conserva el preciado hálito de vida, transformando al Sultán en un hombre bondadoso.

Dicen que en el año 2020 no hay un sultán queriendo acabar con la vida de doncellas en Arabia, en cambio, un ser microscópico y con corona ha llegado a todos los rincones del planeta. Las Mil y Una Noches en cuarentena contiene tres historias, tejidas una con la otra, con la esperanza de encontrar en ellas (mil y un) maneras de quedarnos en casa para cuidar nuestras vidas, siguiendo el magnífico plan de Shehrazada, un día a la vez: “Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida”.

  • La primera noche en cuarentena: Desde mi trinchera.
  • Un cuento para despertar: El sol de oro.
  • Conjuro contra la distancia: Azulante.

La primera noche en cuarentena, se encontraba ella en su balcón, contemplando las estrellas. En marzo y abril el cielo se dedicaría a dar espectáculos, que, con suerte lograría presenciar; la fábrica de nubes que abre en su pueblo en fechas especiales, como eclipses, súper lunas, lluvia de meteoros, conjunciones planetarias, avistamientos de ovnis, danza de las pléyades, estaciones espaciales visibles en este rincón específico de la vía láctea, etc., al parecer se había puesto de acuerdo con la cuarentena, con los productores del Circo del Sol y demás artistas, para tener despejado el firmamento. Se le ocurrió así esta historia…



La primera noche en cuarentena: Desde mi trinchera.


Ella dijo:
Desde mi trinchera se ve un pedacito de cielo, apenas suficiente para comprender que hacemos parte de constelaciones, misterios y equilibrios infinitos.
Los problemas desde mi trinchera se disuelven con la lluvia que le cae, democrática, a cada hoja de la palmera de afuera, plantada desde hace décadas en un diminuto balcón de piedra: metro y medio de corredor y 38 escalones, con una reja entreabierta apenas, custodiada ahora por un guardián invisible, invitando constante, a la quietud en este confín amoroso y voluntario, al juego de decir, 1-2-3 por mí y por la barra, nos escondemos todos hasta encontrarnos -con nosotros mismos- mientras nos vamos buscando por whatsapp, para saber que aún estamos.
Después saldremos, ojalá, todos.

Por el efecto mariposa, un estornudo en un pueblo de la China, causa huracanes que mueven las hojas de mi palmera, en La Ceja del Tambo. Allí donde la chinita se perdió y como yo andaba buscando nos encontramos las dos.

Mi trinchera es una cueva inmensa, en ella cabe todo el universo que va llegando de a poquitos, a ratos con miedo, a ratos con esperanza; es el útero que habito, es la parte de planeta que invocaron para mí las circunstancias, mi tienda de campaña, mi retorno a lo esencial…

A la mañana siguiente, cuando ella despertó, el balcón seguía allí. Se le ocurrió entonces una historia para niños y niñas de todas las edades; un cuento para despertar.


El Sol de oro


Ella dijo:
Mi planeta azul gira una vez cada día, eso le encanta a sus montañas, las pinta de verde esmeralda.

Mi planeta azul tiene una luna de plata, ella se acerca y se aleja, eso le encanta a las olas del mar, se pintan de azul turquesa.

Mi planeta azul recibe cada mañana un baño de colores; si necesita sanarse, entonces el sol envía polvo de oro a través de sus rayos y todo se pinta de oro, cada rincón de la tierra.

El de hoy es un sol distinto, el oro abunda en todas partes, incluso en mi lápiz para escribir este cuento.

Pronto, en mi planeta azul el oro cubre las montañas, los mares y el aire; cada vez que los seres de la tierra respiramos, ese rayito de vida, es oro.

En nuestro planeta Tierra, el mar salado se vuelve precioso, el agua dulce, preciosa también, y todo comienza a estar bien.

De tanto oro que recibimos de regalo, nuestra piel va comenzando a cambiar, es más brillante; nuestro pensamiento ha comenzado a cambiar, ahora tenemos pensamientos dorados.

La nueva era va llegando, ya no es necesario que algunos humanos se peleen por oro, ahora está en todas partes, para todos por igual. La que sí es diferente, diferentísima es nuestra voz, cada vez que pronunciamos una palabra ya no hablamos, oramos.

Desde ahora tenemos pensamientos de oro, palabras de oro, ríos, mares y montañas de oro.

Y todo está bien.
Doradín dorado, este cuento de oro ha comenzado.
“En los mercados y calles se quemaba incienso, aloe y ámbar gris, los habitantes se pintaban las caras con azafrán y los tambores y flautas resonaban en el aire”.
La noche del tercer día ella dijo:

Envío barquitos de papel y poemas mientras descubro si el cielo también está en suspenso. Cambio brújulas por soles, constelaciones por caminos, promesas por abrazos y sombras por recuerdos. Desde mi balcón invento un conjuro contra la distancia, lo dirijo así a la mariposa que aletea en la Mezquita Azul, me declaro Azulante.


Azulante:

Me declaro
Turquesa profética
Mar sin fondo
Palabra Primigenia
Vía láctea
Corazón azulado (a su lado)
Serenidad de estrella
Luz sin nombre
Almita de colibrí
Día inmaculado
Abrazo trasatlántico
Mariposa de la noche
Beso cósmico
Silencio índigo
Me declaro Azulante.

Entre tanto, al otro lado del planeta en La Ciudad de los Minaretes, se lee un e-mail desde Colombia, como un faro de Oriente lo recibe Shehrazada;

… En verdad que el haber escrito durante estas Mil y una noches en cuarentena, como tú misma lo dijiste aquella vez, “ha transformado mi ánimo, sumergiéndome en la dicha de vivir”. Recibe pues, tres historias como si fueran tres años.

Que el tiempo que nos separa, hermana, sea el de una noche, aguardando al feliz encuentro para tomar juntas el té con el primer rayo de sol.

Que te acompañe mi abrazo,

¡Inshallah!

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