La cría del helicóptero

Finalista del concurso de cuento Antioquia Reimaginada, 2020.

A Nariño, Antioquia.

-Pa´ mi Dios bendito que yo le saco una cría a un aparato de esos. Como que me Llamo Arturo Pérez- juraba al punto de pecar “don Tuercas” siempre que veía pasar un helicóptero por encima del pueblo. Le decíamos “don Tuercas” con toda la admiración que se merece alguien capaz de arreglar casi cualquier cosa con solo detenerse a mirarla, desarmarla, y volver con algunas herramientas oxidadas y una que otra arandela, tornillo o alambre para finalmente dejarlas funcionando. Licuadoras, planchas, pulidoras, carros, garruchas, trapiches, arietes, otras herramientas y todo lo que sirviera pa´ algo, don Tuercas lo analizaba y lo arreglaba. Era como el médico de las cosas, nada le quedaba grande.

Estaba obsesionado con todo lo que volara. Cuando pasaban avionetas detenía lo que fuera que estuviera haciendo y parecía que intentara entender con los oídos cómo era que funcionaba el milagro de los hierros flotantes. Eso sí, a nada dedicaba tanto ceso como a los helicópteros. Con simples tenedores y motores de aparatos caseros armaba engendros de lata que salían volando por el despeñadero detrás del cementerio.

Hace como 20 años una avioneta se estrelló en el flanco tupido de la cordillera. Dicen que era un matrimonio húngaro, que venía al país a pasar luna de miel y armar negocios, y que los billetes que traían volaron a lado y lado de las montañas. Muchos se aventuraron a buscar fortuna sin importar los despeñaderos y lo inaccesible que era la zona, pero más allá de unos pocos billetes y algunas baratijas, nadie pudo subir hasta el lugar del siniestro. Pa´l chiste, un arriero se encontró en pleno fondo del cañón el motor de la avioneta. Se arriesgó a cargarlo para ofrecérselo a don Arturo, y no se equivocó.

Por meses no volvimos a ver a don Tuercas. Al hijo menor se lo veía en las casas con papelitos anotados de aparatos que los dueños decidieron no arreglar. Al principio hizo falta “don Tuercas”, pero nadie se puso en averiguaciones.

Un buen día al pueblo lo despertó un alegato entre don Arturo y la esposa. Las tejas y maderas del techo descansaban cuidadosamente al lado del muro del patio trasero de la casa. Don Arturo, alegando todavía, le dio un beso en la frente a la señora y le echó la bendición al hijo menor. Entró por la puerta del patio y a los minutos un fin del mundo ronco empezó a tronar adentro. De pronto un pequeño helicóptero, de un tercio del tamaño de uno normal, se empezó a elevar por encima de los techos. La gente reconoció pedazos de motosierras, aspas de molinos, vidrios de lavadoras, cadenas de bicicletas y partes de los aparatos malos que le vendieron a “tuerquitas”.

Don Arturo, en su cría de helicóptero, se encaminó hacia el flanco de los húngaros, pero pudo pasar las montañas sin problemas, mientras la mirada de regaño de su esposa era testiga de cómo el cielo se lo tragaba detrás de la cordillera.

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