Inspirada en Bela

Qué más podría ser

Fue una fusión entre almas y vientres fecundos, que arremetió ante el suplicio de la banalidad, hostigando el asiduo agravio del mundo,
cómo bálsamo dulce para restaurar.
Cómo fuerza invencible aliviana las cargas, incentiva a avanzar caminando de a dos, agiganta la fe concediendo esperanza, cuál oasis eterno que emana ilusión.
Cómo espina en la rosa, también guarda una espada,
que se incrusta con saña suscitando el dolor, y es ahí donde el lienzo su negro resalta, destruyendo el aliento y abrazando el temor.
A pesar de su escollo sigue siendo sublime, nada habrá que derribe su poder sanador,
ni un millar de diamantes, ni la más noble estirpe, igualarle pudiera su infinito valor.
Entre abrazos que curan y pasiones que hechizan, su calor reconforta más que un rayo de sol, cuando huye congela cómo témpano recio,
moldeando una roca donde había un corazón.
De la tierra al empíreo posa su magnificencia, manantial que purifica, cómo verdadero Dios,
su torrente cristalino acrisola los estragos, de la guerra que el olvido con sus garras desató.
No es la vida suficiente, si tu ausencia la ensombrece, necesita tu sustento ésta inerme creación, si aún no entienden de que hablo y les suena un tanto extraño, les diré que así describo, lo que es para mí EL AMOR.


Narcosis

Del sueño a la pesadilla sólo hay un monstruo, un torbellino de luz o de tinieblas, luciérnagas o velas.
Caminando entre sombras de imágenes sin forma, diademas y coronas, de espectros o personas.
Recorriendo el azul dédalo del miedo, de frente a los espejos se abrazan los reflejos.
Podrían haber sido horas o minutos, allí todo es difuso y el fin sigue inconcluso.
Sensaciones mezcladas con ausencias, felicidades muertas o sórdidas tristezas.
Comparsas con máscaras malignas, intrépidas sonrisas que brillan y encandilan.
La línea del regreso a lo lejos titilaba, huyeron los fantasmas y el cuerpo halló su alma.
La transición no siempre se desea.

Miedo a los años

Tengo miedo a vivir sin emociones,
tengo miedo a soñar sin esperanza,
tengo miedo a reír sin ilusiones,
y que el miedo me robe la confianza.

Tengo miedo a mis manos  temblorosas,
tengo miedo a los años si no vivo,
tengo miedo a olvidarme de las rosas,
que no sepa la luna que la miro.

Tengo miedo que al fin de éste poema ,
se me olvide porqué quise escribirlo,
tengo miedo de hoy cerrar mis ojos,
y amanecer sin un motivo para abrirlos.


Mi Bela

Mi prodigio. Llegó cómo la obra maestra, del mágico pincel de un artista celestial. Perfecta. El blanco de su piel como destello de diamantes, encendió mi grisácea existencia.
Verde oliva su mirada estridente, y al mismo tempo sosegada.
Desde ese día es mi lienzo predilecto y mi inspiración perpetua.
Libélula con alas insurgentes y audaces.
Mi corazón no tuvo más opción que acrecentárseme en el pecho, por el calibre del amor que le profeso.
Años han pasado y mi limitada sabiduría siempre supo visionar, que era más grande que el orbe mismo en su máxima expresión.
Amo los años que su majestad el cosmos me permite contemplarla. Sus carcajadas como ráfagas de júbilo se me adentran en el alma, y su tristeza ejecuta con sádica aflicción mi deseo de estar viva.
Ella es arte, es aplauso, es poesía. Es la maestría que tras el telón prepara su obra más sublime.
Excelsa y magnífica, pero también obstinada y ecuánime.
Con pasión infinita por la libertad y la equidad; y con especial repulsión por la arrogancia y la arbitrariedad.
Ella es mi bella, la dádiva que dio vida a mi vida, es el fundamento de mi paz y su victoria mi objetivo.
Bella, lúcida, atrevida, indomable, apasionada y firme.
Dulce, franca, auténtica y un tanto cándida.
Concebir un ángel suele ser una metáfora, y aunque mi vientre no es inmaculado no es blasfemia ni pecado venerarla para siempre.
Ella sabe que es mi bella.

Desandar

Cómo si al tiempo una amnesia lo invadiera, y en su demencia se alterara el calendario, cómo si un férreo torbellino lo envolviera, desordenando horas, días, meses y años.
Tras el ciclón nada volviera a ser lo mismo, y sin opción recomenzar la nueva historia,
sin el pecado de un ocaso en el olvido, ni cien mil culpas taladrando la memoria.
Sí el punto cero fuera un nuevo nacimiento, el mismo cuerpo, el mismo rostro, igual el alma; pero el pasado aunque acallado quede impreso, para esquivar sin resbalar las mismas trampas.
Reescribiría sobre el lienzo de mis sombras, desandaría en mis parajes más obscuros, retomaría ese momento de mi historia, dónde olvidé que a ser feliz vine a éste mundo.
Aunque vivir es un pasaje de ida y vuelta, no se desandan los segundos claudicados; pero hay otoños que aún esconden hojas secas y primaveras esperando otro verano.

Mi propia hoguera

Vi pasar agonizante mi amor propio, sintiendo pena por no haberlo defendido, con la culpa consumiéndome en su hoguera, por tejer con cobardía mi presidio.
Al perseguir una utopía hallé el averno, calciné mi dignidad hasta cegarla, las cenizas se me van entre los dedos, cómo huyeron de mi espíritu las alas.
Le creí a ese tesoro imaginario, que con disfraz de adoración me amedrentaba, aun sabiendo que eran más los desconsuelos, que el regocijo de sentirme valorada.
Mi voluntad cuál marioneta sin destino, que es arrasada por corrientes turbulentas, pasa de largo arrebatándome su abrigo, cómo castigo a mi atrevida indiferencia.
Jugué mi esencia y la perdí en brazos ajenos, en besos rotos que fingieron arrullarme, en unos ojos que miraban otro cielo, en labios falsos que juraron siempre amarme.
Mi temor era perderte y no encontrarme, y hoy que te has ido me enfrenté con mis temores, me prometieron una tregua sin juzgarme, otros otoños pero nuevas ilusiones.

El vestido blanco

Su mirada vagaba entre reminiscencias agitadas, unas por el tiempo, otras por los daños. Pasó tantas lunas sumida en el océano infinito de su llanto, que una sequía hostil le atrapó el alma.
Quiso retroceder en su pasado y arrancarse de la piel caricias ficticias, sueños fugaces y eternidades presas. Hurgando en el baúl de sus fantasmas halló su vestido de novia; había perdido el blanco inmaculado, y ahora, era apenas un harapo amarillento, que contrastaba a la perfección con el tono de sus frustraciones.
Retornó con un parpadeo indefinido hasta el día de su boda, tratando de encontrar esa felicidad que debió llevarla hasta allí; pero por más que insistió en descubrir un soplo de realidad en ese espejismo, sólo pudo enfrentarse a la ausencia de un amor que fue quimera. Años abrazando sombras y edificando castillos irreales, sumisa ante la indiferencia de la deslealtad y el desamor. Atada a prejuicios de obediencia que aniquilaron su dignidad, sintiéndose avergonzada de un deseo reprimido por sentirse amada. Permitió que el reloj avanzara implacable sin ponerse a salvo, hasta llegó a convencerse de que esa, era la plenitud y esperar algo más era atrevido. Pero la presión irrefrenable del dolor terminó por sacudirle el amor propio. Ahora tiene otro verdugo aún más cruel, que la desafía, la atormenta y la señala: El arrepentimiento.
Trata de recobrar el hilo de ocasos grises, noches de brujas y crepúsculos sin horizonte; pero la cuerda se atascó y debe continuar.
Ir en dirección a un futuro que no dibujó, impulsándose de un pasado que no calculó y detenida en un presente que la mortifica. Es apenas el escombro de una perla invaluable, que se desperdició persiguiendo aves de papel.
Fracasó, y el desengaño le costó la tersura de su cutis, el brillo de su cabello y el rojo natural de sus labios. Enajenó su juventud sin grietas y hoy el espejo se lo recuerda a diario. Ahora toma el café sin prisa, sosegada y quieta, luce su pijama de satén sin corpiño, porque ya no le teme a la gravedad infame. Mira por la ventana para ver pasar la vida, en las alas de un gorrión inquieto, o en una descarga de brisa sorpresiva. No sabe si volverá a confiar, lo que sí sabe, es que no ha amado nunca, porque el amor es alegría y ella dejó de sonreír por amar. El vestido blanco y marcha nupcial, fueron sólo fantasías pasajeras que se esfumaron en el camino. La alianza que llevaba en su dedo, halló su tumba en las profundidades del olvido, mientras trata de juntar sus fragmentos y reconstruir su espíritu.
El fracaso es una convulsión para avivar y no una condena sin garantías.

Renovación

El ocaso era el mejor momento para mi resurrección.
La playa recuperaba la calma y el silencio poco a poco retornaba, aplaudido por el canto lírico de las olas.
Mis pies desnudos, besaban la arena tibia que se diluía al ritmo de mis pasos. Las gaviotas exhibían su última coreografía, cómo homenajeando al cielo.
El tono azul del firmamento se difuminaba en tonos grisáceos, cómo preparándose para vestir su seda negra. Caminé sin rumbo, mi única brújula era el mar, no quería ver otro paisaje ni escuchar otro sonido que no fuera el de esa paz.
Mi vestido blanco y mis rizos sueltos, habían terminado de juguetear con el viento y por fin se aquietaron. Fui hacia el malecón, mientras mi mente rebobinaba mi vida cómo una saga que aún no concluía.
Sentada en el borde del muelle, clavé mi mirada en el agua y cada tanto el choque de una oleada me salpicaba el rostro. El océano parecía entenderme, no necesitaba mover los labios, para que asintiera cada uno de mis pensamientos con una descarga de brisa.
Le confesé mis brumas, mis insomnios y mis rezos, le dibujé cada uno de mis sueños rotos y mis soledades mudas.
El llanto incontenible liberó el dolor de un alma que reclutaba miedos y fantasmas vivos.
Ya la noche revistió el piélago,
mi cansancio sucumbió al hastío y mi cuerpo se desplomó cómo entregándose a su suerte. Una suerte que se había fugado renunciando a protegerme.
Un sueño plácido, cómo hacía mucho tiempo no tenía, me mantuvo absorta de mi aflicción. No sé si me arrullaron las estrellas o un ejército de sirenas; sólo sé que desperté levitando en otro cuerpo y otra mente.
Una metamorfosis reparó mis fragmentos y una magia casi instantánea aliviano mi espíritu. Mis rizos eran un caos que contrastaba con la turbia humedad de mi vestido, pero el gozo que emanaba de mi corazón lograba atenuar el desgarbo.
Una libertad desconocida pero real, reconstruyó mis alas fracturadas y las dispuso para surcar el infinito. Ahora soy lo que durmió dentro de mí por tanto tiempo, una mujer reencarnada en diamante y blindada al agravio de no ser valorada.

Patria huérfana

¿Y si me resisto a encajar?
¿Y si renuncio a ser manipulada?
¿Y si derroco la muralla mental?
¿Y si protesto contra el miedo?
Quizás sea relegada,
tal vez vulnerada,
sin duda encerrada,
y al fin señalada.
La falacia de una inquisición abolida es una venda impuesta, es el espejismo que la opresión enmascaró de triunfo.
Una victoria invisible que esconde persecución y miseria, para sostener el dominio de la tiranía.
A través del temor se amilanan los sueños, se cortan las alas y se cavan las tumbas. Es más rentable el silencio y la resignación que produce la ignorancia.
Revelarse, implica perecer en el naufragio de la justicia,
obtener el galardón de rebelde,
ser un blanco peligroso para las dictaduras.
El llanto de ésta lucha reprimida, me obliga a reconocer que el hambre abraza a la cobardía, la escasez al temor y la duda al conformismo.
Mientras la oligarquía se alimenta de eso y unas cuántas monedas, la "normalidad" continúa impoluta entre los cajones que archivan historias de mártires olvidados.
Las mentes que aún conservan el recuerdo de un oasis pasado, van envejeciendo hasta esfumarse. Los tentáculos de la ambición se extienden y el modernismo capta nuevos y minúsculos cerebros para que jueguen de su lado.
Patria huérfana de amores filiales, vacía de lealtades infinitas y ávidas de hijos legítimos, dispuestos a morir por su libertad.

Lágrimas

Las lágrimas son nubes tímidas que se esconden entre el alma y las entrañas.
Se van formando cuándo se evaporan los sueños, las ilusiones y las angustias.
Algunas son inquietas y se dan prisa en ser riachuelo, pero hay otras que fecundan, esperando el momento para ser océano.
Pueden ser amargas y grises,
o dulces y cristalinas.
El llanto, es el grito preso que se revela al cautiverio de las sensaciones, es libertad que sana, es desnudez que cura.
Las lágrimas más débiles suelen asomar inseguras y desistir en diluirse, o quizá sean las más fuertes al resistir la fuerza incontenible del dolor.
Cuándo se llora de felicidad, traen partículas de cielo que regocijan el espíritu; cuándo se llora de tristeza, son hojarascas que hieren los poros y agrietan la vida.
Las más difíciles de entender, son aquellas que han estado ahí por años, que aun buscando la salida han permanecido ocultas e imperceptibles.
Esas que se disfrazan de sonrisa, de plenitud y de serenidad; las que nadie jamás verá, las que nadie sabrá que existen.

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2 Responses

  1. Darío Gómez dice:

    Que buenos textos Dios te bendiga 🙏 amiga

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