Fragmentos

I.

Mis manos ásperas no imitan tus dedos repasando mi rostro, que tampoco puedo contar las pecas de los hombros ni percibir la blancura de esta piel. Necesito quien me ayude a reconocer.

No sé si vos puedes ver el color de tu cabello, estoy seguro que no percibes el olor de tu nuca que repaso a besos y busco en las colchas, me pregunto si vos también me necesitás, como yo a vos, para recorrer y sentir esta piel.


II.

Me pregunto dónde estás, qué estás haciendo, cuál noticia del mundo te duele más en el pecho.


V.

La madera descomponiéndose por las llamas, igual que yo. 


VI.

Me gusta desprenderme de las cosas, ser flexible y sometido al cambio, que la vida son cambios. Suelo obsequiar cosas a la gente que quiero, y en vos deposito las primeras cosas que veo, las que son, probablemente, las únicas que tengo. Te obsequio mis susurros, porque estos obsequios van en susurro y solo podrían darse en la intimidad, sin que nadie más se haga partícipe, habrá quienes se enteren pero nunca por palabra nuestra. Mis manos que requieren humectación para no ser tan ásperas, deben ser tomadas constantemente y pueden vagar a sus designios, ir de un lugar a otro y gustarán recorrerte palmo a palmo porque les produces ansias y la necesidad de apresar. Mis labios que se encariñaron con los tuyos, siempre se buscan, y en ellos, mis palabras, las pocas o muchas que tenga por darte, ellos custodian ‘esto’, ellos le dieron el nombre y ellos lo repiten; cuando los ojos se cierran, te buscan en los sueños y suspiran por vos. En este obsequio está también mi desnudez y la necesidad mortal del cuerpo de ser tocado hasta eyacular -en todos los sentidos que se aplican a la expresión-; eres custodia de esa intimidad, de los abrazos que en ella están. En sí, todo este cuerpo para que te acaricie y defienda cuando el desasosiego esté con solo mirar la ventana. Ningún obsequio tiene que gustar al receptor, por eso caben mi inseguridad, que no me deja dormir y deja sintiendo que no me amas ni demuestras, que este amor no es deseado, mis flaquezas, el deseo constante de ser querido y lo testarudo para colgar una llamada y no regresarla nunca, pero también están mis fuerzas, el coraje para amarte siempre y en todo momento, desde que te vi y conocí, porque uno debe luchar por algunas cosas en la vida, y esta es de las mejores contiendas, en la que uno siente y nunca deja de sentir aunque el tiempo y la distancia intenten corroer. En este obsequio espero entiendas que es etéreo, y que no por siempre estas cosas serán tuyas más que en este momento -el único que puedo asegurar-, porque estas cosas son mías, soy yo, pero soy yo amándote en una forma de amar muy mía, pero que está para vos, y por eso debería ser cada día como un obsequio, una retribución no imperativa a ‘esto’ que somos. Nada que temer, con vos todo fluye.


VII.

Porque estoy sentenciado a ver las cosas en otro color, a probar siempre un sabor diferente. Hoy tuve que correr en la noche y ducharme tobillos y pantorrillas, cambiar la forma de vestirme y comer. No opté por el vino, no opté por los viejos colegas, uno tiene que moverse. En tal movimiento estás vos, impulso, hábito y placer al que no renuncio. Si te preguntas por mí, todavía tengo frío, mi cuerpo te añora y ansía; este corazón todavía arde por vos. 


VIII.

Tu amor es como la brisa de las tres de la tarde, tras salir del agua fría del río. La piel nunca es tan sensible como con tu tacto.


IX.

Este es un relato de suspiros.

Primero, una arboleda de eucaliptos que rodea un camino conocido. Un río sin profundidad, que no se percibe. El camino, que deja mis zapatillas empolvadas, nos lleva a un parque empresarial en construcción. Tras una caseta naranjada, un cielo plateado y limpio: comienza el crepúsculo. Me detengo próximo al riachuelo por una fotografía y te apoyás en mi hombro, oigo tu respirar, solo ese respirar. Una chispa eléctrica que se manifiesta en un alambre y en nosotros.  Este es un camino tranquilo a un lago de casa campestre, se escucha uno de sus escapes; frente a él, besos y un regreso de luciérnagas, todo bajo un cielo violeta.

Humedad en mi pantalón y manos. (Ansío estar dentro de vos). Está solo el pálida reflejo de la luna en tu bello rostro. (¿Cuánto llevamos aquí?). Dejo cerrar mis ojos, que mi respiración también va rápido. Te sueltas de la camiseta, tu torso desnudo que ansío recorrer. las constelaciones y planetas, Orión y Venus, la intermitencia de los vehículos encandilantes y el ansia de permanecer en este universo íntimo, palpar el deseo, sentir la compañía y el corazón que late por los labios dulces. Una linterna se acerca… La salida es larga, estaciones para tocar y querer, dejémonos hacer esto el resto de la vida.

Me equivoqué, este no era un camino conocido. Con vos —eso veo— muchos no lo serán.


X.

Hoy te quiero más que ayer. En la parte trasera de una camioneta atravesamos colinas, ya hemos estado en una cascada (fuiste lo único en el mundo) y ahora quiero compartir con vos la corriente, bañarnos en un mismo río. Ojalá los caminos sigan siendo eternos. En una piedra, una charla, ¿Qué otra intimidad? El agua está fría, mi ropa está emparamada, mi corazón fluye con la corriente, mis pies tocan las piedras. Eso, escondámonos en estos últimos rayos de sol.

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