Dos mil de panelitas

Cuento infantil, de la serie de cuentos: El arte de volar

Ayer, mi hermanito Miguel cumplió tres días mirando a través de la ventana que tiene vista a la calle principal, esperando a que ocurra un milagro. Todas las mañanas desde que mi abuelito enfermó, hace exactamente lo mismo: se levanta a eso de las siete y media de la mañana, se pone las medias y los zapatos de Cars, que algunas veces calza al revés, toma dos monedas de quinientos pesos de su mesa de noche, y sale corriendo hasta la cocina, desde donde arrastra una alta butaca de madera, para subirse y poder ver pasar a Mario.

     Muchas veces no necesita sus ojos, basta con solo escuchar la corneta de aire para saber que se acerca. En ese momento sus ojos se iluminan y su sonrisa se extiende de mejilla a mejilla, mientras en la butaca zarandea sus colgantes piernas por la emoción. A mí me encanta ver la alegría que le produce. Me siento a la distancia, y desde allí lo observo correr a la cocina, tomar la jarra plástica, y pararse en la puerta a esperar a que mamá le abra para marchar a su encuentro.

     La primera vez  que la probó fue gracias al abuelo José, él siempre estaba atento a su paso, al escucharlo corría y lo llamaba desde la puerta.

     —¡Mario, échese dos mil! —le gritaba, y luego añadía—: ¡Y también dos mil de panelitas! Es que eso sin panelita o bocadillo no sabe lo mismo.

     Nosotros esperábamos ansiosos en la mesa a que el abuelo nos sirviera; una, dos, tres, cuatro, cinco cucharadas en la tasa y luego añadía un poco de leche.

     —¡Abuelito, écheme otro poquito! —le decía Miguel.

    Y entonces mi abuelito me miraba con picardía en sus ojos y preguntaba:

     —¿Y tú Camila, también quieres otro poquito?

     Yo sonreía porque él siempre sabía la respuesta, y a pesar de ello, siempre esperaba con la cuchara goteando en su mano a que yo le contestara.

     —¡Sí abuelito, otras tres cucharaditas por favor!

     Un día el abuelo enfermó, y entonces ya no pudo estar más con nosotros en la casa. Los días y noches los pasaba en el hospital, conectado a máquinas y delgadas mangueras que llenaban sus brazos de líquidos, tanto, que también debía tener una manguera conectada a una bolsa para sacar de él el agua sobrante. Mis padres decían que no sabían cuándo volvería, que debíamos hacernos a la idea que quizás pasaría mucho tiempo, o que posiblemente no lo volveríamos a ver en la casa. No entendía lo que querían decir con eso, pero a Miguel y a mí esto nos ha puesto tristes, especialmente a Miguel, que durante días calzó sus zapatos y lo esperó sentado en la mesa a que llenara nuestras tasas.

     Mis papás le contaron al abuelo lo que Miguel estaba haciendo todas las mañanas. Mi abuelito se puso muy feliz, su rostro cambió de un blanco fantasmagórico a un rosa primaveral, y de pronto, con evidente recuperación, le dijo a mi hermanito que no estuviera triste, que pronto volvería, y que su espera le daba ánimos. Entonces, estirando la mano tomó el pantalón que colgaba a un lado de su cama hospitalaria, introdujo la otra mano en el bolsillo y sacó un puñado de monedas de quinientos pesos, se las entregó a Miguel y le dijo:

     —Vea mijito, tenga todas estas monedas, para cuando vea pasar a Mario vos lo llamés y le digás que te venda quinientos, y también quinientos de panelitas. Yo te prometo que voy a volver a servírtelo personalmente, pero por ahora, vos sos el encargado de comprar para ti y para  Camila la ración diaria.

     Las monedas eran tantas que apenas cabían en las pequeñas manos de Miguel, así que tuve que ayudarle a cargar algunas cuantas en mi riñonera de Barbie.

     Durante días miguel seguía la misma rutina: a las siete y media saltaba de la cama, se ponía las medias, calzaba sus zapatos y corría a la cocina para arrastrar la silla que le permitía ver por la ventana la llegada de Mario. ¡Tuturutú, tuturutú, tuturutú! Sonaba la corneta, y entonces Miguel se paraba al lado de la puerta con la jarra en la mano, mientras que mamá bajaba para abrirle.

     —¡Mazamorraaaa, piladaaaa! —Gritaba Mario y luego agregaba—: ¡Calienteeee!

     Y Miguel daba brincos con emoción y ansiedad, hasta que mamá finalmente le abría la puerta. Miguel corría tan rápido como podía, cruzaba el jardín frontal y se paraba en la acera al borde del camino, con las dos monedas de quinientos húmedas por el sudor en su mano, y levantando con todas sus fuerzas la jarra, para que Mario la llenara con quinientos pesos de mazamorra y le vendiera quinientos pesos en panelitas, que le entregaba en una pequeña bolsa transparente.

     Así ocurrió durante varios días: Mario sonaba su corneta y Miguel corría alegre esperando la mazamorra, pero desde hace tres días todo cambió; Mario no volvió y su corneta se silenció. Mi hermano esperó durante horas en la ventana y sus lágrimas brotaron cada día con mayor tristeza.

     —¿Mamá, qué pasa con Mario, por qué no llega? —le preguntó Miguel con tristeza.

     —No sé Miguel —respondió ella—, tal vez le pasó algo a su triciclo, o también es posible que se haya enfermado. No debes preocuparte, te aseguro hijo que pronto volverá.

     Ayer se cumplieron tres días de su ausencia, pero Mario y su mazamorra no volvieron. Miguel estaba triste, tanto que dejó de comer, no solo porque Mario no volvía con la mazamorra, sino porque al mismo tiempo mi abuelito tampoco volvía. La mazamorra representaba para miguel no solo un delicioso alimento, sino también, la esperanza de volver a ver a mi abuelito.

     —¡Camila, tenemos que ir en busca de Mario! —Me decía Miguel con evidente angustia en sus palabras—. Creo que se perdió en el camino, si Mario no vuelve, mi abuelo tampoco. Debemos encontrarlo y traerlo de vuelta hermanita.

     Y tomándome de la mano me arrastraba hasta la puerta.

     —¡Vamos, vamos, no hay tiempo que perder! —insistía.

     Yo le dije que no podíamos salir en busca de Mario, que un niño de cinco años y una niña de nueve no pueden salir solos a la calle, que allí afuera no estamos a salvo, y que entonces igual que él, nuestros padres se pondrían tristes si no volvíamos. Le dije que lo único que podíamos hacer era esperar, y pedirle a nuestros angelitos de la guarda que ayudaran a Mario a encontrar el camino, para que nuestro abuelo también pudiera regresar.

     Yo también tuve ganas de llorar, quería ver a mi abuelito, pero sobre todo, también quería volver a ver feliz a Miguel.

Nuestros padres nos miraban con tristeza, nos daban dulces y nos traían juguetes, pero nada nos animaba. Miguel cada vez comía menos y la tristeza oscurecía el cielo igual que a nuestra casa.

      Esta mañana algo increíble pasó, yo creo que nuestros angelitos de la guarda nos escucharon, porque al despertar el sonido de la corneta resonaba a lo lejos:

     —¡Tuturutú, tuturutú, tuturutú!

     Se escuchaba sonar. Yo al principio pensé que era mi imaginación, pero luego vi a Miguel ponerse a gran velocidad sus medias y calzar con particular habilidad sus zapatos, gritando a viva voz:

     —¡Mario, es Mario! ¡Camila, Mario ha vuelto, la mazamorra ha vuelto! ¡Mario encontró el camino, el abuelito volverá!

     Bajó velozmente a la cocina, yo corrí tras él como pude para alcanzarlo, pero cuando llegué al final de las escaleras no podía creer lo que estaba pasando: en la puerta se encontraba nuestro abuelito sosteniendo en sus manos una enorme jarra repleta de mazamorra, y en una bolsita transparente, dos mil de panelitas. A su lado, Miguel daba brincos y gritos de felicidad.

     —¡Mi abuelito Camila, mi abuelito! ¡Mario nos trajo al abuelito!

     Yo corrí y lo abracé con fuerza. Nunca antes me sentí tan feliz, ni siquiera con los traídos del niño Dios en navidad. Nos despedimos de Mario, nos enteramos que no estaba perdido, que simplemente el maíz proveniente del Valle tuvo problemas para llegar a la ciudad, a causa de varios derrumbes, por lo cual, no pudo preparar mazamorra por varios días. Mi abuelito había llegado muy temprano esa mañana y esperó la llegada de Mario para sorprendernos, «¡y vaya que lo hizo!», con mazamorra para todos.

      Ahora mi hermanito está de nuevo feliz y sonriente, además comió mazamorra y panelitas hasta que no le cupo en la barriga un granito más. Mis padres están alegres, mi abuelito cumplió su promesa, y yo, bueno yo también estoy feliz, mañana compraré dos mil de panelitas ya que no quedó ni una sola, pero mazamorra hay de sobra, no queremos que Miguel vuelva a dejar de comer.

     Hoy aprendí algo muy importante de nuestra cultura antioqueña: que a nosotros los paisas nos hacen felices la mazamorra caliente y las promesas cumplidas. 

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1 Response

  1. Felicitaciones, un cuento muy bien logrado que me atrapó por completo y me hizo recordar el sabor incomparable de nuestra tierra.

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