Dicotomía

Las notas ácidas del perfume de Aura se meten por la ventana del primer piso hasta la habitación y él, de inmediato, deja a medias lo que está haciendo para espiar por allí. Ella generalmente se envuelve en vestidos de flores tratando de encarnar la primavera. El sol se refleja en su cabello y fulgura como si todo el día fuera meridiano. Sonríe y llena el cielo que lleva por ojos con las nubes blancas de sus dientes.

La casa en la que vive es una dicotomía. Tiene fachadas en la calle Martínez y la carrera Jiménez. Su habitación queda sumida en el limbo de la esquina. Si se acuesta en la cama está en Jiménez, si se sienta en el escritorio está en Martínez. Si se sienta a leer en la silla, siempre lee a Martínez, pero si se acomoda en el sofá sueña con Jiménez. Si siente que el aroma entra por la sala, que queda en Jiménez, corre despavorido y simula estar buscando un libro en la biblioteca de su padre, a pesar de que sus escritores favoritos no se encuentren allí. Cuando ella, como un espectro, pasa por delante de su ventana, el tiempo se distorsiona y él se olvida de todo. Cuando sale su rango de visión y sigue su camino, corre presuroso y se sienta en el escritorio rogando que doble en la esquina y vuelva a dañar los relojes. Si lo hace finge estudiar mientras ve, por dos segundos, como se muerde los labios, o sonríe, o respira; y a zancadas corre a la ventana de la cocina, que queda en Martínez, para poder disfrutarla un momento más y hacer de su día algo valedero. Si toma otro camino, el resto de su día no tiene sentido.

De ella no sabe mucho. Ha tratado de encontrarla en redes sociales, pero no ha obtenido frutos. Deja esas vidas virtuales a medio habitar porque solo le interesan para encontrarla y consulta esos perfiles una vez a la semana, los viernes, esperando el día que a ella le haya despertado la curiosidad. Sabe que se llama Aura Ramírez e imagina a su decendencia con el altisonante apellido “Rúa Ramírez”, como el trabalenguas que su padre le enseñaba cuando era pequeño. Erre con Erre Cigarro / Erre con Erre Barril / Rápido Ruedan los Carros / Cargados de Azúcar / al Ferrocarril. Sabe que vive cerca, ha logrado deducir que máximo a dos cuadras, pero no sabe exactamente dónde. Para su desgracia, el 60% de los Ramírez de la ciudad viven en los barrios aledaños. En el mapa que se hace en la cabeza esas dos cuadras a la redonda aparecen marcadas de puntos rojos sin saber cuál es el especial. Viven en ese perímetro los: Ramírez Gómez, Ramírez Pérez, Ramírez Ossa, Ramírez Toro, Ramírez Cossio, Ramírez Fernández, Ramírez Aránzazu y Ramírez Gonzales. Sale de su casa y recorre de norte a sur y de oriente a occidente las direcciones que tiene marcadas en su libreta esperando que de alguna cuna de Ramírez salga el aroma ácido de ese perfume que ya conoce de memoria y acto seguido, como un hálito, Aura.

Ha logrado, en medio del trance que le produce verla, captar algunas frases sueltas que ha dicho al pasar al frente de sus ventanas. La ciudad se les volvió un inferno, que calor tenían. Fuéramos hoy por otro lado. No le gustaba caminar siempre por las mismas calles. Haber visto una casa tan bonita. Las anota en su libreta después del estupor y las repite en su mente todo el día —hasta que el mensaje se ha distorsionado— tratando de no olvidar el tono grave de su voz.

Al llegar la noche se acuesta en Jiménez, cierra los ojos y le ruega a su dios que le permita tenerla. Aunque fuera por lo menos una vez. Aprieta los párpados y se imagina besándola, tocándola, sintiendo su aliento en el oído, viendo como su cabello le engulle la mano. Se entrega al sueño a pesar de que realmente lo que quiere es vivir en Aura.

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1 Response

  1. Laura Saldarriaga dice:

    Alejandro, me encantó tu escrito. Gracias por compartirlo. Ojalá pueda él vivir en Aura.

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