Nuevas voces



Ascensor de Juan Esteban Sandoval. El que es caballero repite
Redacción VdeP
En la edición anterior compartimos el cuento Obra del joven escritor Juan Esteban Sandoval. Este lector voraz y de metabolismo literario envidiable, participante del Laboratorio de Creación Literaria de la Dirección de Cultura, resultó ganador del Premio Regional de Cuento Página en Blanco otorgado por el Instituto de Cultura de El Carmen de Viboral. Repetimos con caballerosidad una invitación a leer este joven creador ahora con el cuento Ascensor,  ganador del mencionado concurso. Lo invitamos a leer este inquietante cuento, digno de un lector de Stephen King.

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Ascensor


Por Juan Esteban Sandoval

Las manos le sudan, mastica demasiado rápido su goma, se rasca constantemente el antebrazo izquierdo. Un cosquilleo se aloja en su vientre y su caminar es desesperado, casi cómico. Va dos minutos tarde. Ramiro Cortez, su jefe, le echará una buena bronca por el retardo; odia la impuntualidad y sus castigos son severos. Son las 12:28 p.m. cuando oprime el botón que ordena al ascensor descender hasta el piso en donde se encuentra. Empieza a golpear el suelo con la suela derecha en un ritmo constante, piensa que tal vez las escaleras sean un método más eficaz. Pero el piso de la reunión está demasiado arriba... el ascensor abre sus puertas y él entra. Selecciona el vigésimo tercer piso y visualiza a sus futuros acompañantes: un matrimonio con un niño que no debe superar los siete años. Los tres ocupantes del aparato se corren dando espacio al nuevo. Mira su reloj y este parece correr a toda velocidad, decide no mirarlo hasta terminar el viaje. El número indicador del piso avanza parsimoniosamente, puede distinguirse el momento en el cual un número pierde la forma dando paso al nuevo.  Un fresco recorre su cuerpo tranquilizándolo, están en el piso dieciséis y seguro llegará a tiempo, tal vez con algunos segundos de retraso, ¿puede Cortez enojarse por segundos? Se pregunta, y antes de que una respuesta se forme, las luces del ascensor se apagan y todo queda en la oscuridad absoluta. La mujer emite un quejido y luego calla.

-Al parecer se ha averiado… esto es malo –exclama el esposo.

-¿Saben que estamos acá? –pregunta la mujer a su esposo.

-No lo sé, pero se darán cuenta prontamente –responde el hombre.

Los ojos no se aclimatan al ambiente, tardarán unos cuantos minutos antes de que ocurra, piensa él. Le extraña que el matrimonio no le haya dirigido la palabra. Ahora llegará tardísimo a la reunión y podrá alegar la falla del ascensor como excusa, perfecto.

-Papá, hace calor aquí, ¿puede quitarme el saco? –pregunta el niño cinco minutos después del apagón. Sus ojos aún no se adaptan a la penumbra, es como si una capa de oscuridad se posara a cada momento en el reducido espacio.

El chico se quita el saco.

El aire se ha vuelta denso y caliente, él afloja el nudo de su corbata y se quita su chaqueta. Ahora se preocupa por pasar más tiempo encerrado, no es claustrofóbico, sin embargo se siente apresado con personas que le ignoran por completo.

-Señor, ¿trabaja usted aquí? –pregunta de la nada el esposo.

-Sí, señor –responde.

-¿Tiene usted móvil? –continua el hombre.

-Sí, pero creo que no hay señal.

-Bueno, ¿tiene usted el número de la recepcionista? –pregunta el hombre como si no hubiera escuchado la razón antes dada.

-Sí, claro, espere a que intente llamarla.

Saca su móvil del bolsillo y cuando intenta encenderlo este no responde. Recuerda haberlo cargado toda la noche, ¿se ha estropeado repentinamente?

-El móvil no responde, creo que se ha averiado –informa a sus acompañantes.

-Estamos incomunicados, lo único que hay por hacer es esperar.

Los minutos transcurren lentamente, el aire continúa calentándose.  Su corbata ya no está en su cuello y algunos botones no están en su posición. Sus acompañantes parecen no moverse, solo escucha sus respiraciones.

-¿Por qué el ascensor no se mueve?, quiero irme de este lugar –pide el niño.

-Tranquilo, cariño, pronto alguien nos sacará, solo espera –responde cariñosamente la mujer.

Ahora que está a oscuras, él revive el momento de entrar en la máquina. La mirada del chico le inquietó un poco, no lo había pensado, pero existía algo en aquella mirada que denotaba conocimiento de su llegada al ascensor. Una mirada sin sentimientos, impasible, fría, ¿cómo es que un niño puede mirar de aquella manera? Un individuo extraño, alguien con un futuro doloroso y malévolo.

La penumbra no le asusta, es el niño. Se sonroja al pensar que un mocoso provoca pánico a su mente. Pero aquella mirada… desea salir de ese lugar, desea apartarse de aquel matrimonio, desea con ansias alejarse del niño, sabe que esa mirada le perseguirá por algunas noches.

-Mamá, moriremos en este lugar ¿cierto? –pregunta el niño. Un escalofrío recorre todo su cuerpo y en algún lugar apartado de su mente, una nota grave suena.

-Amor, ¿qué dices?, claro que no, pronto alguien nos…

-No me mientas, sabes que odio las mentiras. Moriremos en este lugar y lo sabes, sin embargo… ¿para qué esperar?,  no es más que… -pero antes de que el niño pueda continuar su alarmante discurso, su padre le descarga una cachetada que suena muy fuerte. El niño no llora.

Él se queda callado, las palabras del mocoso le han penetrado en lo más profundo y ahora siente miedo. ¿A qué se refería con el “no es más que”?, siente curiosidad por saberlo, pero sabe que el dato no ayudará  a que se sienta mejor.

La mujer empieza a emitir pequeños quejidos, luego un pequeño llanto, ahora llora descontroladamente. Grita que morirán, que el niño tiene razón. Su esposo se le acerca para calmarla.

-Vamos, querida, cálmate,  algún empleado estará en estos momentos arreglando el problema, saldremos… -entonces enmudece, pero no por voluntad propia, él escucha un pequeño eco de dolor, un sonido que solo prorrumpe un hombre herido.

Huele pronto algo dulzón. Sangre, es sangre, piensa sin estar muy seguro. Un grito de terror le afirma que es así. La mujer, que al parecer puede distinguir en la oscuridad, se lanza al suelo y allí, se encuentra a su esposo con una gran herida en la garganta. La sangre sale copiosamente manchando su costoso vestido, pasan los segundos y el hombre muere.

Él siente algo viscoso y frío en la mano. Alarga el brazo y se topa con una cabeza pequeña, es el chico que se ha alejado de sus padres.

-Le he matado, y ahora seguirá ella –le dice el niño en un susurro. Aunque no le puede ver, sabe que sonríe. Se queda tenso.

El olor a sangre ya ha impregnado el reducido espacio lo suficiente para marearlo y hacerle respirar por la boca. El chico se ha separado de él y dos pasos después, el llanto de la mujer calla abruptamente. Sabe que ya está muerta y si no, lo estará en breve. Siente mucho miedo, no obstante, es incapaz de moverse.

-Ahora están muertos, es su…

-¡Cállate! –le ordena él. El chico revienta en un sonora risa que solo podría salir de un loco.

Él cae al suelo pues sus rodillas no resisten más. En el suelo, la sangre viscosa y caliente inunda todo. Se empapa las rodillas y las manos. Llora, llora silenciosamente. El miedo ha tomado control y está a su merced.

-Como decía, es su turno, señor Martínez –dice el niño con máxima tranquilidad.

Él se arrastra al lugar de donde proviene la voz. Matará al niño, sí, le agarrará su pequeño cuello y lo apretará tan fuerte que sentirá cómo se quiebran sus vertebras. Imagina la escena y sonríe, debe hacerlo.

Pero algo le extraña mientras se arrastra: los cuerpos del matrimonio no están allí. Y como si esto no fuera lo suficientemente extraño, lleva arrastrándose unos buenos metros, ¿qué está sucediendo?

-Levántese, señor Martínez –ordena una voz grave y profunda, una voz que nunca ha escuchado.

Sigue sin ver, las capas de oscuridad no cesan. Levanta su cuerpo como puede y se apoya en un lado del ascensor para mantenerse en pie.

-En este momento escucharás al viejo, ¿de acuerdo? –pregunta el chico que ha reaparecido.

¿Qué viejo?, piensa, ¿de qué está hablando el niño? No lo sabe, pero especula que es el poseedor de la voz profunda, aquella profundidad solo se conseguiría después de una buena madurez.

-¿Qué está pasando en este lugar?, ¿quiénes son ustedes? –grita él.

-Quienes seamos no importa, y lo que pasa en este lugar está fuera de su percepción mortal. No quiero extenderme mucho, no suelo gastar mucho tiempo en este tipo de ocasiones, ser rápido es mi especialidad, pero quería asustarle en cierto grado. Seguro no entenderá a qué me refiero, bueno, no lo hará nunca, pero si de algo le sirve, le contaré que alguien vendió algo muy valioso y ahora cumpliré mi parte. Señor Martínez, usted morirá en este ascensor…  no se asuste, si ha sido bueno en la vida no tendría por qué inquietarse. Sepa, inmediatamente, que lo hará de una manera dolorosa, tal como me agrada en excesiva manera. No daré oportunidad de pronunciar palabras finales, si existe algo que no haya dicho en esta vida es porque usted se empeñó en callarlo, ahora, cierre sus ojos y trate de no gritar.

Un nudo horrible y doloroso se ha formado en su garganta, el terror es completo y la rabia quiere hacerle reaccionar, no obstante, es inepto en ella.

La locura del momento, el entorno, las voces, el olor a sangre y el discurso se muestran suficientes para impedirle por completo el pensar, racionar o cualquier actividad parecida. No entiende por qué le pasa aquello: morir, morir dolorosamente, al parecer su vida estuvo siempre destinada a ese final.

Siente una respiración acercarse, el aire caliente de ésta le golpea en la cara, pero no huele a nada, es solo aire, sin esencia, sin alma. Otro aliento se aplasta contra él, pero este se localiza en su vientre. Los seres o monstruos, o lo que sean aquellas cosas, se acercan lentamente, como dándole tiempo antes de que sufra.

Aunque se lo preguntará más tarde, nunca podrá explicar lo que sucede a continuación, cuando los seres están a solo dos pasos de su cuerpo, las luces, el aire frío y reconfortante, el entorno, el olor a ascensor, la presencia de humanos visibles vuelven de repente, golpeando su anterior irrealidad como si acabase de despertar. El matrimonio sigue allí, pero no el niño, ha desaparecido y él está agradecido por ello. Al principio no cree que esté de vuelta, pero cuando el ascensor se abre, se ve obligado a salir antes de continuar la ruta del ascensor. Mira su reloj, este marca las 12:30 p.m., llegará unos segundos tarde. Camina a la sala de reunión y se interna en esta, sigue con la cabeza perdida.

Finalmente, luego de un día largo de trabajo interrumpido constantemente por el recuerdo amargo del incidente en el ascensor, decide pasar algunas horas en algún bar tomando y tratando de olvidar, quizá consiga dormir bien más tarde, quizá.
Camina a pasos cortos mirando sus zapatos golpeando el suelo, el alcohol ha sido poco, pero no quiere caerse, es muy propenso a ello. Las botellas parecen no conseguir su cometido, el sueño no llega como algo deseado a su cuerpo, sus ojos no le pesan, no se imagina con ansias la cama, definitivamente esa noche no dormirá.

En la puerta de entrada, levanta la vista y mira como queriendo ver a través de la puerta. Mira con odio y rabia, aquel será el lugar donde pasará muchos desvelos antes de que consiga apartar el recuerdo de su memoria. Entra pues, sin muchas esperanzas, hora de acostarse.

No nota, y tal vez se arrepienta de ello, la inconfundible figura de un niño en su ventana, un niño que está dentro de su casa.

-Buenas noches, señor Martínez.

FIN.

Miércoles 25 de enero de 2017

Feb
1
2017
Gracias al Instituto de Cultura de El Carmen de Viboral por apoyar el talento de nuestra juventud, mi hijo es la muestra de la constancia y la persistencia, me siento muy orgullosa de él.
Sandra MarÍa LÓpez Cardona



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